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“El corrector ha pasado del mundo de la imprenta y de la editorial a formar parte esencial de la comunicación”

Antonio Martín, fundador de Cálamo & Cran

23/04/2019

Imagen superior: Antonio Martín (d) y Enrique Barba (i)  Imagen inferior: Un momento del acto

Editorial CSIC ha conmemorado el Día del Libro 2019 con una conferencia del fundador de Cálamo & Cran, Antonio Martín, titulada “La mano invisible: confesiones de un corrector iconoclasta”. Este es el título también del ensayo que Antonio Martín ha escrito para la Serie 23 de abril en la que la editorial del Consejo Superior de Investigaciones Científicas recopila las conferencias que la institución organiza para celebrar esta fecha.

A continuación se facilita la entrevista que, por ambos motivos, Prensa UNE ha realizado al conferenciante y autor. Puede ser utilizada en su integridad o en parte.

 

P. ¿El papel del corrector ha salido fortalecido o debilitado de la revolución tecnológica de los últimos años? ¿En qué áreas se ha experimentado esa fortaleza o esa debilidad?

Antonio Martín. Precisamente en el libro se trata esa transformación: cuento cómo ha pasado del mundo de la imprenta y de la editorial a formar parte esencial de la comunicación. El proceso es lento y aún seguimos sumidos en él.

 

P. Actualmente, ¿el corrector está más cerca del editor o del impresor en la producción de un libro? 

A. M. Del editor, no me cabe duda. Somos parte del control de calidad para que el libro salga limpio antes de que se imprima. Tradicionalmente los correctores surgieron en las imprentas, pero es un territorio que casi ningún profesional de la corrección conoce hoy.

 

P. ¿La responsabilidad de un corrector cambia al trabajar sobre un ebook? 

A. M. No. La responsabilidad es la misma que cuando se corrige en papel, en digital o los textos que van a servir para un audiolibro. Lo que cambia para cada soporte son algunos objetivos específicos: mientras en que la corrección de estilo apenas hay cambios sustanciales (comprobar la utilidad del verbum dicendi para los audiolibros), en la de pruebas de un ebook no sirve de nada vigilar las calles ni las cajas, ni líneas viudas o huérfanas.

 

P. Uno de los fenómenos de los últimos años ha sido la autopublicación. ¿Sigue siendo el corrector necesario? 

A. M. Desde luego. Quienes se autoeditan y quieren conseguir la confianza de los lectores necesitan las correcciones de profesionales. Los libros autoeditados están dejando atrás la etapa amateur y es cada vez más profesional: por eso ya están entrando en la lista de los más vendidos. Es imprescindible que también se corrijan. Por eso es una nueva fuente de trabajo.

 

P. La escritura pública está hoy más presente que nunca, en la vida cotidiana y profesional. ¿Nos preocupa publicar correctamente nuestros textos, desde un tuit a un post de un blog, una conferencia, una investigación o somos descuidados?

A. M. Cada texto tiene un propósito, un contexto y un público, y siempre transmitimos una imagen de nosotros mismos a través de nuestro texto. Uno tiene que pensar cómo quiere que lo vean —y que lo entiendan— a través de sus textos. Escribir correctamente es pensar en tu lector, no tanto en la norma. Si alguien se sabe descuidado, que cuente con un corrector cerca para no arriesgar su imagen pública. 

 

P. En ese sentido, ¿qué sectores han incorporado a sus procesos de trabajo correctores de textos que antes tal vez no los incluían?

A. M. Las agencias de comunicación, consultoras, departamentos de comunicación de bancos, aseguradoras y otras grandes compañías han visto cómo la relación con sus clientes está basada en su mayoría en mensajes escritos; por eso ya no buscan solo que no haya erratas, sino hacer que su mensaje sea claro y correcto. Es trabajo de correctores.

 

P. ¿Todas las erratas afectan del mismo modo a todo tipo de textos o hay niveles?

A. M. Hay niveles. Una nota manuscrita escrita con rapidez puede tener mala caligrafía y alguna errata, pero si su lector entiende el contexto y el mensaje con claridad, no hay problema. Un error en un prospecto médico puede dañar la salud. Una campaña de promoción, con erratas, arruina la imagen del cliente y de la agencia. 

 

P. La universidad española cada vez publica más en abierto. ¿Qué aportan los correctores a los trabajos científicos que verán la luz solo en digital?

A. M. Lo mismo de siempre: calidad, pero en esta ocasión los textos tienen más posibilidades de alcanzar un mayor número de lectores. Hay que cuidarlos más que nunca. Hay que tener en cuenta que serán leídos o rastreados por el lector más exigente: Google, que penaliza las erratas, condenándote a la última página de resultados o desapareciendo.

 

P. La edición digital nos permite corregir a posteriori tantas veces como necesitemos. ¿Esto nos hace más permisivos con las erratas?

A. M. No lo creo. En realidad es más fácil corregir ahora gracias a los recursos digitales de los correctores, ahorrando tiempos y costes inimaginables hace 20 años. Por eso, ¿para qué corregir a posteriori? Nadie actualiza un ebook con erratas ni artículos ya publicados. Ojalá, pero eso no sucede. Si un lector se topa con erratas, el daño en la imagen ya está hecho.

 

P. ¿Cree que con el tiempo los correctores podrían cambiar la denominación de su oficio por la de “asesores lingüísticos”? 

A. M. En realidad ya somos muchos los que trabajamos con ese nombre, pero no en el sector editorial. Si eres asesor lingüístico significa que sigues siendo corrector, pero en un ámbito donde se te reconoce como el experto que eres, con todas tus responsabilidades y una remuneración, eso sí, a la altura.

 

La conferencia se ha celebrado esta mañana en el Espacio UNE de la Librería del BOE de Madrid (C/ Trafalgar, 27; metro Quevedo). El acto ha sido presentado por el director de Editorial CSIC, Ramón B. Rodríguez.

 

 

 

 
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