
Un alumno entrega un trabajo impecable. Demasiado impecable. Lo ha escrito una máquina, y el profesor lo sabe sin saber por qué. De esa escena, cada día más común, parte este libro. Porque si una inteligencia artificial puede redactar por nosotros, la pregunta ya no es cómo enseñar a escribir, sino para qué seguir haciéndolo. Y la respuesta es tan sencilla como terca: se escribe para pensar. Quien delega la escritura delega el pensamiento; quien deja de escribir deja, sin notarlo, de descubrir lo que piensa.
Escribir todavía desmonta lo que la escuela enseñó mal, que escribir es ortografía, que es un don, que empieza en el folio en blanco, y muestra lo que sí puede enseñarse: narrar, describir, argumentar, planificar, corregir. Este libro se presenta como una defensa del oficio en la época que más fácil se lo pone a quien prefiere no escribir.
Habla en el mismo tono directo y cómplice al maestro en ejercicio, al futuro docente y a cualquiera que sienta que la escritura es un lugar donde le gusta estar.
Enseñar a escribir es enseñar a pensar. Y pensar, hoy, se ha vuelto casi una actividad clandestina. Por eso, mientras quede una página en blanco y alguien dispuesto a mancharla, habrá que seguir escribiendo. Todavía.